Extrañar tiene una trampa: parece que fuera la persona, la casa, la época. Pero si miras con calma, muchas veces lo que duele no es lo que se fue, sino lo que tú eras ahí.
Extrañas tu ligereza. Tu certeza de que todo iba a salir bien. La versión de ti que todavía no sabía lo que sabes hoy.
Esa versión no volverá, y no tiene por qué. La de ahora sabe cosas que aquella no imaginaba — y con eso también se puede construir una vida que valga la pena mirar hacia adelante.